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Cosas de la vida

En voz alta

Cosas de la vida

Nada como un bolero para llorar las penas o para iniciar el intrépido vuelo del enamoramiento. Nada como una salsa para desafiar a tu cuerpo a mover una parte con cada tacto.

Desde pequeña me ha gustado la radio. Escuchar las noticias de la famosa emisora Radio Reloj, o reírme con los programas de humor, hasta bailar y bailar, a mi manera, con las ondas que salían por el aparato. Era entonces una niña y la radio era mi compañera de juego y estudio. 

En la canción de Manu Chao “Me gustas tú” sale una cuña de Radio Reloj y cuando la oí por primera vez, acompañada de música me encantó. Pero me entró mucha nostalgia. Y eso es lo malo de estar lejos de tu país.

Nada como un bolero para llorar las penas o para iniciar el intrépido vuelo del enamoramiento. Nada como una salsa para desafiar a tu cuerpo a mover una parte con cada tacto. O un son para bailarlo suavecito con alguien, o una pieza clásica para dormir una siesta. Yo no aprendí a bailar bien hasta los 15, cuando me enseñó un bailarín del Conjunto Folclórico Nacional de Cuba. Desde entonces ha llovido mucho y ahora casi no bailo. Mi formación musical es muy variada y poco lineal, pero hoy no pretendo contarles esto. Tengo algo mucho más interesante. 

Hace unos años, en el autobús iba un muchacho con sus cascos puestos y música a todo meter. Se podía ver que disfrutaba muchísimo y yo recordé esa manía que tenemos algunos de ponernos los cascos con la música tan alto que ni los pensamientos escuchamos. Entonces, me di cuenta de que el chico iba escuchando ¡música cubana! ¿Se imaginan? Salía yo de Zemun e iba para Belgrado... Me alegró el día. Me dieron ganas de acercármele y hablar con él. Pero, ¿cómo interrumpirlo? Él, claro, en su mundo, casi bailando, de pie en el autobús... y yo mirándolo e inventándome miles de cuentos alrededor de su historia.

Me pregunto si esa salsa le arregló el corazón, como lo hace ella con todos los cubanos. Me pregunto dónde está ahora y si sigue escuchando música que divierte y alimenta el alma de una forma tan diferente. Aquí hay muchas escuelas de salsa y todo eso. A veces voy, generalmente a ver a otros cubanos, para conversar, bromear, echar un pasillito. ¿Sería él alumno de baile?

Lo bueno que tiene la salsa es que, aunque parezca complicado, puedes bailar con alguien por primera vez y no equivocarte. Esto es muy divertido, porque ahí mismo pones límites, das a entender de qué vas y hasta dónde puede llegar la otra persona. Es hasta más fácil que conversar sobre el tema. Supongo que con aquel chico hubiera podido bailar. Él se hubiera sorprendido si yo le hubiese extendido la mano, porque eso no pasa aquí normalmente. 

Yo sigo viajando en autobús, con mis cascos a cuesta, escuchando la radio u otra cosa. Pero no escucho salsa, porque creo que entonces me pondría a bailar y a cantar y no quisiera llamar la atención. Y si me encontrara de nuevo a ese chico de dos metros, no sé si me le acercaría. No quisiera interrumpir su manera de alegrarse la vida, o de curarse un desamor. Para todo eso sirve la música. 

Nos separamos en Zeleni venac. Yo vine para la facultad y le perdí el rastro. Todavía recuerdo ese momento en el que por un segundo me pareció estar en Cuba. Y es que ver a una persona alegre, mostrando sus emociones más allá de sus cascos, me encanta. Hay mucha música buena y mala por ahí rondando. Todo depende de tu estado de ánimo. Pero esa experiencia primaveral es una de las más bonitas que te vivido en estos lares. Identificarme con alguien sin palparlo, pero oyéndolo, es algo que no se olvida.

¿Dónde estás, salsero serbio? ¿Dónde estás?

 

 

Autor teksta: Jenny Perdomo

Autor fotografije: BubblesofBubbleland, www.deviantart.com